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jueves, 15 de agosto de 2013

SANTA MARTA, TAGANGA Y PARQUE NACIONAL DE TAYRONA

Estos meses de julio y agosto están siendo bastante extraños. En Bogotá no hace calor, no hay playa y no tenemos la sensación que estemos en los meses de verano. Nos parece eterno otoño.

Como fuimos a España en Mayo y Junio, todavía no hacía tiempo de playa. Así que la semana pasada nos fuimos a uno de los destinos preferidos por los bogotanos, Santa Marta.

Santa Marta es la capital del departamento de Magdalena. Está situada en la costa del Caribe y el sol, el calor, el ron y la rumba están asegurados.Nuestra primera parada fue Taganga. Es una pequeña ciudad situada en una bonita bahía al lado de Santa Marta. Es una zona de backpackers llena de hostels y está muy bien ubicada para visitar el Parque Nacional de Tayrona, bucear, hacer caminatas,... Está a medio camino de los lugares de interés.




En mi último viaje a España me traje conmigo una de las mochilas que nos han acompañado en el camino de Santiago, Perú, India y nuestro viaje de 9 meses alrededor del mundo. Nos hacía mucha ilusión recuperar la vida de mochileros viajeros. 
Enseguida nos dimos cuenta que todo no cabía en nuestra querida mochila y es que ahora somos tres. Así que también preparamos nuestra buena compañera de viaje Samsonite. Era como lanzar un mensaje de "Eh, nosotros hemos sido mochileros y aunque estemos un poco retirados, todavía conservamos el espíritu".

Así llegamos a La Casa de Felipe, un hostel muy recomendado en la guía Lonely Planet. El sitio era bonito pero el calor y los mosquitos estropearon la estancia y sobretodo las noches. El ventilador que colgaba del techo giraba a toda velocidad pero no era suficiente para despejar el calor que impregnaba las paredes. Y los zancudos también parecían resistirse a semejante huracán.

Por suerte, a media noche soplaba mucho viento fresco y conseguíamos dormir un rato, impregnados en una especie de Relec local, pulseras anti mosquitos y una mosquitera demasiado pequeña para una cama doble. 

El primer día fuimos a Playa Larga. Desde la playa de Taganga se coge un barco taxi que te lleva a esta bonita playa, situada a tan solo 10 minutos. Antes de llegar a la orilla se acercan varias personas y te ofrecen sus hamacas gratis. La trampa, si se puede llamar así, es que las hamacas pertenecen a un restaurante y te acabas quedando a comer allí mismo.


Pasamos la mañana en el agua. Clara es acuática y no quería salir. Así que Pepe y yo nos íbamos turnando. A la hora de comer nos trajeron una enorme bandeja con todos los pescados disponibles. Pez Sierra, róbalo, mojarra, pargo, pargo lobo. Elegimos un róbalo a la parrilla, acompañado de patacón, ensalada y arroz de coco. Estuvimos en la playa hasta que estuvo cocinado y nos avisaron. Nos sentamos en la mesa del restaurante con los pies en la arena y disfrutamos de la vista y la comida.

En Taganga hay otras actividades para hacer, la mayoría de ellas acuáticas. Hay una especie de churro hinchable que va tirado de una lancha y el patrón de la embarcación hace caer a su antojo a los que van subidos en él. Pero la actividad principal es el buceo.  Nosotros hicimos buceo y snorkel, que allí le llaman caretear. Hay varios centros de buceo. Pepe había estado hace unos meses en el Tayrona Dive Center para hacer el Open Water y repetimos escuela. Nos subieron en un barco y nos llevaron a hacer dos inmersiones. Los que no buceábamos hacíamos snorkel es unas aguas limpias y cristalinas. Yo me bañé con Clara en alta mar. Me puse un chaleco salvavidas y a ella dentro de un flotador. Disfrutaba con las olas y el agua fresquita salpicándola. 

Desde allí nos llevaron a Playa Brava. Era literalmente una playa desierta. No había nadie más que nosotras y nadie vino a excepción de unos pescadores que nos enseñaron un Dorado. Un pez muy curioso que dentro del mar es amarillo y cuando se va ahogando se vuelve verde-azulado. Milagros de la naturaleza que aún muriendo una de sus criaturas conserve su belleza.



Desayunamos y cuando los buceadores se marcharon para la segunda inmersión, nos quedamos Helena, mi querida vecina, Ione, la prima, Clara y yo. Las 4 disfrutamos de un rato de paz y tranquilidad en esa naturaleza virgen.

Pero claro, tocaba regresar a tierra y la subida al barco fue toda una aventura. Nos vinieron a buscar con el barco de buceo pero el mar estaba más bravo que a la llegada y no pudo acercarse todo lo deseado. Tuvimos que acercarnos con las mochilas en las cabezas para que no se mojaran y subir por la proa del barco para evitar hacernos daño con los motores. Para subir dos personas te tiraban de arriba y dos te empujaban desde abajo. Incluso el pescador colaboró en el rescate. 

También pudimos disfrutar de la gastronomía costeña en Babagoush, un restaurante con cierto aire asiático. El chef es un holandés que hace delicias como curry verde de pescados o sopa de calabaza con leche de coco y suero. 

Disfrutamos de la cena con la música de las discotecas de fondo. Los locales nocturnos empezaban a calentar motores y es que Taganga tiene buena fama por la rumba nocturna. Frente la playa hay varios bares y un par de discotecas que funcionan hasta pasada la salida del sol. Dimos una vuelta para ver el ambiente pero no nos pareció adecuado introducir a Clara en el mundo nocturno todavía. 



La segunda parada de nuestro viaje fue el Parque Nacional de Tayrona. Contratamos una buseta que nos recogió en el hostel y nos llevó a la entrada del parque. En ese trayecto tardamos como dos horas y media  porque fuimos haciendo paradas para recoger personas en otros hostels y paramos a sacar dinero en un cajero.

Los buses, coches, taxis,... solo pueden llegar hasta el parking del parque. A partir de ahí hay dos opciones, seguir a pie o alquilar un caballo. Nosotros optamos por la primera opción. Nos pusimos protección solar, nos rociamos con repelente de mosquitos, dimos un trago de agua, cargamos a Clara en la Manduca y empezamos a caminar. Un sendero sin perdida te va guiando. El camino atraviesa rocas, pasarelas de madera, tramos de escaleras, riachuelos, pasas por debajo de enormes árboles y poco a poco te vas adentrando en la selva. Lo curioso es que el sonido del mar se hace cada vez más presente. Y casi de repente la selva se abre y aparece la primera playa. Desierta, con dos rocas gigantes y un cartel que avisa de no acercarse demasiado a la orilla para no molestar a las tortugas que quieran poner sus huevos. Una bandera roja con un dibujo de prohibido bañarse avisa de la peligrosidad de las aguas. Aún sin bandera no te atreverías a entrar.








El camino continua y si tienes la suerte de ir en temporada baja, llegas a caminar en soledad y a percibir los ruidos de la selva. El cantar de los pájaros, el sonido de las hojas secas al pisarlas, animales que se esconden entre la maleza cuando pasas cerca de ellos, tu propia respiración alterada por el esfuerzo de alguna subida y el calor... Y el constante ronroneo del mar.

Después de 1 hora aproximadamente de caminata finalmente llegas a Arrecife. Es la primera parada si entras al parque desde El Zaíno. En Arrecife el baño está prohibido y hay un camping donde puedes acampar en tienda o puedes alojarte en una cabaña. Nosotros nos alojamos en el camping Don Pedro. Está a unos 5 minutos de Arrecife, selva adentro. Es un lugar sencillo, muy tranquilo, con buena cocina y buena gente. Como no traíamos equipo alquilamos la plaza de camping, juntamente con la tienda y las colchonetas. La mayoría de las tiendas están debajo de unas casitas de palma para aislar un poco en caso de lluvia. El camping tiene unas precarias duchas al aire libre, hechas con paredes de tablones de madera y unas tuberías abiertas a modo de alcachofa. El chorro de agua fría te cae sobre la cabeza sin compasión pero es muy gratificante tomar una ducha fresca con el cielo como techo.




Si sigues el camino desde Arrecife te encuentras con la segunda playa, La Arenilla. En ésta te puedes bañar aunque con precaución. Es una calita pequeña muy cuca con piedras grandes en la orilla y algunos puestos de jugo natural de naranja y arepas con huevo.



El camino sigue subiendo entre unas piedras y continua hasta el sendero de la selva hasta llegar a la Piscina. En esta playa el baño está permitido. La playa es grande y hay varias palmeras, plantas y árboles a modo de sombrilla donde protegerte del fuerte sol. El agua es cristalina y aunque no es del color turquesa esperado, lo cierto es que estaba muy limpia y fresquita. Ideal para combatir el calor con el que llegas a ella. Yo llegué con Clara a cuestas empapada de sudor.



La tercera playa del parque es el Cabo San Juan de la Guía. Compite en belleza con la Piscina y tiene una cabañiita de hoja de palma que la caracteriza. Me recordó a Bali. En la misma playa hay un camping con restaurante. Esta es la playa más popular para pasar la noche. El baño está permitido pero unos días antes de que llegáramos un chico se ahogó allí y es que el agua suele estar muy revuelta y las corrientes son muy fuertes. Parece ser que es algo habitual.




La noche en el parque fue muy tranquila y reparadora a no ser por unas pulgas que andaba por la tienda. Lo bueno es que Pepe cazó a una que me había picado y que no había mosquitos. Dormirse con el sonido de la naturaleza después de caminar varias horas por la selva resultó ser muy agradable. 

El segundo día Pepe fue a Pueblito. Es una antigua ciudad kogui, los habitantes actuales de Tayrona, de la que solo se conservan pequeños fragmentos de senderos de piedra y cimientos de casas. Para subir hasta allí, Pepe contrató a un guía kogui que apareció con su mujer y un caballo para Pepe. 








La mujer iba descalza y a mi me pareció que estaba embarazada. Le dije a Pepe entre risas: con todo lo grande que eres no irás a consentir ir a caballo mientras una mujer descalza y embarazada hace el mismo recorrido que tu, ¿no? Nos reímos. Me dijo que no y lo más rocambolesco fue que el que subió a lomos del caballo, sin escrúpulos, fue su propio marido.





Por la tarde emprendimos el trayecto de regreso a la civilización y lo hicimos a lomos de un caballo. Clara y yo íbamos en uno que no tenía ganas de caminar, mientras que el de Pepe tenía prisa. El camino de herradura es mas corto que el que se hace a pie. En unos 35 minutos estábamos de regreso al parking del parque. Aunque fue poco tiempo, eso no impidió llegar con dolor de colita, rodillas y tobillos. Pero mereció la pena.

Las dos últimas noches las pasamos en Santa Marta. Es una pequeña ciudad con un centro histórico muy bonito, con calles peatonales, bares, restaurantes y algunos bellos rincones. Es la ciudad más antigua que se conserva en Sudamérica y la segunda ciudad colonial más importante de la costa colombiana del Caribe. Rodrigo de Bastidas puso la bandera española aquí en 1525. Cuando empezaron los saqueos, comenzaron los enfrentamientos con los indígenas. A finales del S.XVI los tayrona fueron aniquilados y los objetos de oro, fundido por los españoles para llenar las arcas de la Corona. 

En el corazón de la ciudad está el parque de los novios. La plaza está rodeada de bares, restaurantes y discotecas.
Me sorprendió la cantidad de locales regentados por extranjeros,  gallegos, vascos, italianos, peruanos,... El ceviche, el pulpo braseado, el arroz de camarón, el carpaccio de salmón, los langostinos, el pargo,... son algunas delicias de la zona.





Santa Marta también tiene playa, pero deja mucho que desear. Está situada al lado del muelle de carga del puerto. Es estrecha y el día que fui a ver el atardecer estaba a rebosar de gente. No me gustó.


A unos 20 minutos del centro esta Rodadero. Viene a ser como una especie de Benidorm. Grandes hoteles, altos edificios de apartamentos y una playa bonita. No dedicamos tiempo a esta zona.

Visitamos la Catedral. Un pequeño edificio encalado situado en un paseo lleno de bancos y tiendas. Algunos fieles rezaban en los bancos de la Catedral y aprovechamos para encender una vela a Santa Marta y otra a una Virgen que fue en regalo de los reyes de España a la ciudad.


Nosotros nos alojamos en el hostel Aluna. Regentado por un irlandés. El hostel tiene dos plantas. La primera con ventiladores y la segunda con aire acondicionado. Todas las habitaciones dan a un patio central. Sirven desayunos abundantes y económicos y comidas sencillas con una buena relación calidad-precio. Recomendable en habitación con aire acondicionado. Nosotros estuvimos una noche con aircon y otra con ventilador y hace demasiado calor para que el ventilador haga efecto. 

Han sido unos días de relax, calor y playa. En todo momento tuvimos sensación de seguridad. Es una buena opción para salir del frío de Bogotá, pero no hay que esperar playas muy espectaculares.

De todo, lo que mas me gustó fue esa fusión entre selva y playa. Pude hacerme una ligera idea de lo que sería para los colonizadores descubrir esa belleza escondida entre la vegetación.


domingo, 3 de marzo de 2013

EL PARQUE SABANA PANACA

Aprovechando el buen tiempo que está haciendo en Bogotá estos meses, el sábado organizamos una salida al Parque Sabana Panaca. El parque está dirección Sopó y aunque está solo a 40 kilómetros, tardamos más de una hora en llegar. Claro está, eso incluyó un par de vueltas de más porque nos perdimos. Y es que es fácil desorientarse en estas carreteras. No hay muchas señales y las que hay, son poco aclaratorias.

El caso es que sobre las 12h llegamos a la entrada del parque. El parking está dividido por nombres de animales: paloma, pato, gansos,... para que sea fácil encontrar tu coche a la hora de irte (todavía recuerdo las vueltas que di para encontrar mi coche la primera vez que fui a Ikea). 

La estructura del parque recuerda a  Port Aventura: en la entrada hay varias taquillas para pagar, una plaza espaciosa con una gran fuente en medio, baños, un puestecito de galletas saladas con mantequilla  y una casa típica antioqueña de fondo, con balcones de madera y plantas colgadas del techo. 
El parque está dividido en zonas temáticas o estaciones. Así como en Port Aventura es Méjico, Polinesia, China y Far-West, aquí es un poco menos cosmopolita y se divide en: estación de ganadería, estación equina, estación canina, estación especies menores - gallinas, patos, codornices, cobayas, pavo real,...-, estación porcina, estación ecología y estación agricultura orgánica. Cada estación tiene los animales correspondientes y un coliseo para hacer exhibiciones. 

En la estación de ganadería vimos vacas, bueyes, burros, toros, cabras, ovejas,... En cada zona hay casetas para comprar biberones o pienso para dar a las crías. Nosotros compramos unos biberones y se los dimos a las  cabritas. Podías ordeñar vacas, subir en llamas o montar en búfalo. En el coliseo de ganadería hicieron exhibiciones de estos animales mostrando especies de muchos países: India, Colombia, España, Escocia,... Para hacer el espectáculo más ameno sacaban a gente del público y los hacían montar, correr o ordeñar.



En el coliseo de la estación de caballos, que fue la que más me gustó,  fueron saliendo caballos de diferentes razas: árabe, español y colombiano. De más está decir que el mejor caballo era el español. Salió un jinete muy diestro a lomos de Viento, un precioso caballo blanco que hizo una exhibición de fuerza y elegancia a ritmo de paso doble. Pepe, Cris (una amiga que nos acompañó) y yo aplaudíamos como locos. El jinete se dio cuenta y se paseaba por delante nuestro saludando con el sombrero de cordobés. Mirad las fotos y juzgad:
Caballo árabe
Caballo español
Caballo español
Caballo español
Caballo colombiano

En esa zona también puedes hacer cabalgatas ecológicas, pero los niños tienen que ser mayores de 12 años. 



En la estación porcina, vimos a las cerdas gordísimas con su crías recién nacidas. Tienen hasta 14 cachorros. Parece mentira como pueden ser tan bonitos de pequeños y tan feos de grandes. Había varias razas de cerdo, unos rosa como Babe, otros de pelo pelirrojo, pero por más que busqué el pata negra, no lo vi. Je je.
Pasamos de la carreras de cerdos.

La estación canina también me gustó: Labrador, Basset, Husky, San Bernardo, Setter irlandés, Marilyn,... y otras muchas que no recuerdo. No me gustó verlos encerrados, claro. Pero los van sacando por turnos a un espacio grande donde pueden correr y donde tu puedes entrar y tocarlos. 

En la estación de especies menores, vimos animales mas comunes: gallinas, patos, codornices, pavo real, cobayas,... Era divertido ver a Clara correr repitiendo su nombre. Lo mejor fue que compré huevos de esas gallinas. Estos si tienen garantía ecológica. 



Este parque está comprometido con el medio ambiente por lo que no podía faltar una zona de agricultura ecológica donde podías comprar lo que quisieras: lechugas, tomates, coles, zanahorias, acelgas, espinacas, brócoli, coliflor, calabacín,... En una caseta tu pedías lo que querías y en ese momento el señor cogía su cesto y su navaja y te lo cogía de la tierra. Fantástico. Del huerto a la mesa. Y sin pesticidas, herbicidas ni químicos. 

El problema fue para comer. Había un par de restaurantes y algunos puestos de comida rápida y hamburguesas. En todos lados el menú era carne de res, carne de pollo, carne de cerdo, carne, carne y carne. Así que tuvimos que conformarnos con arepas, guacamole, papas criollas y plátano frito. Muy rico, eso sí. 

Pasamos un buen día de sol, aire libre y contacto con la naturaleza y los animales. Lo recomiendo sobretodo para ir con niños. Así van conociendo de donde salen los alimentos que se comen y que un pollo es un animal con plumas y cresta que cacarea, y no un trozo de carne tostada al horno acompañado de patatas.